> Partimos hacia Casa Grande en Utuado en busca de un poco de tranquilidad y silencio. Camino hacia nuestro destino ya podíamos apreciar cómo cada hoja, cada rama, cada árbol, nos saludaba. La angosta carretera que nos llevó hasta nuestro retiro de paz estaba incrustada entre enormes montañas y majestuosos árboles.
Una vez llegamos a Casa Grande, la antigua finca de Santa María de Monte Carmelo, pudimos sentir cómo las maternales montañas nos acogían en su seno. Luego de tan encantadora bienvenida fuimos testigo del imperante silencio que sólo llegaba a su fin con el sonido de la naturaleza.
El sonido de las gotas de lluvia al compás del canto del coquí, hicieron de nuestra primera noche en Casa Grande, Utuado una para recordar...
Nuestra cabaña estaba localizada justo entre la sombra de un árbol de aguacate y el resplandor de las hojas plateadas de un yagrumo. Acostumbrados al ruido de la ciudad nos tomó un tiempo acoplarnos al mutismo que domina durante el día en Utuado.
En la noche podíamos disfrutar de un concierto, a todo volumen, de coquíes, luciérnagas y grillos. Para cerrar con broche de oro esta espléndida presentación de la naturaleza, en la madrugada, comenzó a llover. El sonido de las gotas de lluvia al compás del canto del coquí, hicieron de nuestra primera noche en Casa Grande, una para recordar...
Días de relajación
Por la mañana, la neblina coqueteaba con los picos de las montañas. Acariciando suavemente los dichosos árboles, la blanca y espesa diva desapareció lentamente, bailando su danza divina. Este espectáculo nos dejó postrados en la hamaca del balcón en plena contemplación por más de tres horas. Estábamos tan extasiados con el apacible espectáculo que llegamos tarde a la clase de yoga. Pero estábamos bastante relajados, así que pudimos sacarle provecho a nuestra tardanza de esta clase mañanera.
Sin despertador, sin teléfono, sin televisor, sin radio, sin agenda, sin computadora y sin preocupaciones, pudimos sentir una tranquilidad total.
Al salir de la clase de yoga comenzó a llover nuevamente. Lo que nos obligó a refugiarnos en nuestra cabaña y continuar disfrutando de un concierto al natural. Reposando entre las paredes de madera de la rústica habitación sentimos que la energía del campo nos llamaba. Una vez al aire libre, las gotas de lluvia nos limpiaban el rostro de preocupaciones. Las gotas emprendían su trayecto hacia el suelo rápidamente y el olor a tierra mojada se impregnaba en nuestros pulmones.
Conexión con la naturaleza
Cada día que pasaba hacía que nos conectáramos más con nuestro entorno de paz y nos olvidáramos de las tensiones. Sin despertador, sin teléfono, sin televisor, sin radio, sin agenda, sin computadora y sin preocupaciones, pudimos sentir una tranquilidad total. El hecho de lograr llegar a ese estado de paz nos permitió reflexionar sobre la manera en que llevamos nuestras vidas.
Definitivamente que nos encantaría volver a este maravilloso lugar, no obstante, deseamos llevar a nuestro hogar la misma paz que pudimos experimentar allí. Realizamos que, definitivamente, el ambiente que nos rodea es una gran influencia al momento de encontrar esa sensación de paz que tanto anhelamos.
También logramos afianzar nuestra unión con la naturaleza, con esa energía del Universo que nos mueve y nos enlaza a todo ser vivo. Meditar sobre nuestra conexión con ese entorno nos permitió elevar nuestro sentido de respeto y reverencia hacia cada insecto, cada ave, cada hoja, cada fruto que emana desde las entrañas de nuestra Madre Tierra. Era como si fuéramos nuevamente niños descubriendo las maravillas que nos regala la naturaleza; desde la gota de rocío que nos dio la bienvenida a nuestra llegada hasta la reinita que se posó en nuestro balcón para despedirnos. <