> De camino al río Orinoco, todo comenzó al llegar al pequeño aeropuerto de Puerto Ayacucho en el área del Amazonas de Venezuela, muy cerca de Brasil y colindando con Colombia. El antiguo camión cargado de maletas se detuvo en el estacionamiento y todos nos arremolinamos para conseguir el equipaje de cada uno, con la ayuda del chofer y de dos corpulentos asistentes.
Una vez en camino; por las estrechas carreteras repletas de frondosos follajes y bellos paisajes; el sol brillaba y el calor en el autobús verde brillante no amilanaba el entusiasmo que llevábamos.
“No señor, no hay pirañas en esta parte” comentó el guía para tranquilizar nuestras expresiones de ansiedad, “se pueden encontrar mas arriba en el río, en las aguas de Brasil”.
Supimos que estábamos llegando al Campamento Calypso, cuando la carretera se tornaba más estrecha y rocosa, los charcos de agua se oían refrescantes cuando las ruedas del autobús los hacían salpicar. La guagua se detuvo y un simpático mestizo nos ayudó a bajar, indicándonos donde estaba nuestra cabaña. Había sido construida al estilo de las viviendas indígenas; la cual, además de acogedora, estaba muy limpia y ordenada. Esta acomodaba a seis personas, que obtenían privacidad al correr una cortina de tela. Desde la pequeña ventana en cada cubículo se observaba una impresionante vista del lugar.
En el bongo
Ansiosos por comenzar nuestra navegación por el río Orinoco, nos cambiamos de ropa y nos fuimos a esperar el camión convertido en autobús frente a la “Churuata”; edificación circular gigante con techo de hojas que servia de comedor. Al subir al camión nos indicaron que fuéramos cautelosos para que no chocáramos con los tubos, pero de nada sirvió la advertencia.
Nuevamente tomamos el camino por las bellas carreteras. El sol se sentía mas caliente; sin embargo; la brisa que nos proporcionaba la vegetación hacia agradable la travesía y media hora mas tarde, ya nos encontrábamos a orillas del río Orinoco. Entre el follaje pudimos observar el bongo; que es una embarcación de unos 40 pies de largo, hecha de un tronco gigante tallado rústicamente por los indígenas y sellado con fuego para garantizar su flotación. “No señor, no hay pirañas en esta parte” comentó el guía para tranquilizar nuestras expresiones de ansiedad, “se pueden encontrar mas arriba en el río, en las aguas de Brasil”.
Navegando por el río
Comenzamos la navegación y el Orinoco se percibía con una tranquilidad indescriptible, cuando nos deslizábamos suavemente por las aguas atravesando la vegetación que la naturaleza nos regalaba. El agua se tornaba color bronce cuando el bongo recorría la parte más ancha del río y a lo lejos, en el otro extremo, podíamos observar las montañas de la majestuosa Colombia. En la ruta, algunos pescadores indígenas nos saludaban como dándonos una bienvenida oficial y exhortándonos, en su saludo, a disfrutar y respetar aquel regalo que estábamos experimentando. Otros, en cambio, se sentían incómodos con nuestra presencia, como nos sentiríamos nosotros si llegaran extraños a nuestra casa e invadieran la privacidad con bullicio y cámaras fotográficas.
Estos indígenas deben servirnos de ejemplo, aman la madre naturaleza, obtienen de ella todo lo que necesitan sin violentarla y el silencio en sus horas de pesca, se convierte en una oración de agradecimiento. Su forma de vida nos permite, a los que vivimos en tanto progreso, poder disfrutar de ese lugar de aguas limpias que se nos entregó a todos por igual, pero que sólo ellos conservan.
El paisaje del río
La luz del sol entre los árboles y la belleza de la selva bordeando las orillas del Orinoco nos daba un paisaje de ensueño. Pequeñas islas, inmensas rocas y árboles gigantes donde eran notables las huellas, en varios niveles, de las inundaciones ocasionadas por las lluvias de la época. Pequeñas áreas de tierra fértil con vegetación comenzaban a dejarse ver cuando las aguas iban retornando a su nivel. En ciertas zonas, a distancia, podíamos observar y escuchar la turbulencia y el gran oleaje formado por las distintas corrientes que afluían de otras vertientes hacia el río; lugares de donde el bongo se mantenía distante.
Dejábamos todo atrás; el progreso, los ruidos, las preocupaciones diarias; envolviéndonos en aquella sensación de que todo estaba creado especialmente para nosotros. Dondequiera que fijábamos la vista descubríamos más belleza, lo que nos brindaba, cada vez más, la oportunidad de reflexionar: ¿amamos a nuestra madre naturaleza o solamente tomamos de ella lo que necesitamos?
Al caer la tarde, ya de regreso al campamento, después del baño y la cena, el silencio era imponente. Sólo el sonido de las hojas al ser movidas por la brisa interrumpía aquella paz.
Al observar las estrellas por nuestra ventana y recordar nuestro día de navegación, quedamos dormidos reviviendo en un sueño esta experiencia inolvidable por el río Orinoco. <