> La serie de dibujos animados, que presentaba a un conejo escarbando la tierra para atravesar al otro lado y llegar a China, interrumpían mis pensamientos cuando veía que las horas no pasaban. Habíamos dormido por lo menos ocho horas y todavía quedaba la mitad de la travesía por aire. Llegamos a Beijing luego de más de diecinueve horas volando. Para realizar este viaje no hay otra, no se pueden tomar atajos. Sea desde Nueva York o desde Los Ángeles, el vuelo es interminable.
En el aeropuerto de Beijing nos dio la bienvenida, con un sonoro y elocuente “nǐ hǎo”, nuestro guía de excursión David, de Friendly Planet. A pesar de que no somos amantes de las excursiones programadas y estructuradas, ya que en nuestros viajes preferimos ir a nuestro paso, en el aeropuerto de Beijing agradecimos haber elegido una excursión. A menos que el mandarín sea un idioma que se domine a la perfección, la única manera razonable de viajar a China es en una excursión o con un intérprete. La comunicación con los orientales es todo un reto. De la misma manera ellos se sentirán cuando nos visitan y deben tratar de comunicarse en nuestro idioma.
La primera noche, o día en Beijing (con el jetlag no se podía definir la hora en ese momento) debíamos cenar sin nuestro guía, o sea, ¡sin interprete! Fuimos a un restaurante cercano y mediante gestos y señas pudimos ordenar la cena. El menú fue nuestro intermediario y único salvavidas en este primer encuentro cercano con la cultura oriental. ¿La comida? Nada parecida a la comida china que preparan en occidente. Sin embargo, a diferencia de los cuentos de horror que nos atemorizaban, no estaba para nada mal. Al contrario, muy apetecible a los sentidos. Para callar la orquesta de nuestros estómagos, nos deleitamos con arroz blanco al estilo oriental (obviamente mis hijos querían comer con palillos chinos) y diferentes tipos de carne. La comida era bastante picante, por lo que entendimos que era del estilo de cocina oriental Sichuan.

Hay más de 800 edificios y 8,000 habitaciones en la Ciudad Imperial. Foto: Pamy Rojas
Entre colores brillantes y el número perfecto
La Ciudad Imperial (Forbidden City) fue la primera parada de nuestra gira. Allí se encuentra el gran palacio donde vivió el emperador de China. En esta estructura histórica se destaca el color amarillo, ya que era el que distinguía a la realeza. En cada esquina de los techos de dos aguas hay una serie de pequeñas estatuillas. Estas figuras de animales representaban el poder de las personas que vivían en los edificios. Solo el edificio del emperador tenía diez estatuillas. Los colores, la arquitectura, las formas, el escenario que teníamos frente a nuestros ojos nos hacía sentir como si estuviéramos dentro de una película de cine. Las imágenes que habíamos visto en libros y en el cine se desplegaban frente a nosotros. Nos maravillamos con el colorido y la simetría de los diseños que adornaban los edificios.

El colorido y la perfección de la arquitectura oriental nos fascinó. Foto: Pamy Rojas
Cultura adentro
Al otro día visitamos un poblado llamado Gaobeidian Village. En este recorrido tuvimos el privilegio de compartir con niños y familias orientales. En el pueblito visitamos una escuela elemental donde los niños nos deleitaron con canciones y juegos. Una de las pequeñas quedó encantada con mis hijos y les regaló la figura de un pájaro formado con la técnica de papiroflexia (origami).
Después de cantar y jugar con los niñitos de la escuela fuimos al hogar de una familia china. Allí vivimos una experiencia única con nuestros nuevos amigos orientales. Nos invitaron a ayudarles a preparar dumplings. Estábamos fascinados. Entre masa y relleno conversamos con el padre, su hija y la abuela; el guía como intérprete, por supuesto. Nos contaron como son una sociedad que trabaja mucho y tienen que hacer maravillas con lo que ganan, pero que nunca falta la comida en abundancia sobre su mesa. Esa noche establecieron su punto.
Fue un gran banquete, los platos presentaban todos los colores, texturas y sabores. La sopa preside el menú oriental. Vegetales que no teníamos idea que existían, cortados de diferentes formas y aderezados con creativas salsas, le continuaron a la sopa. La res y el pollo también se presentaban apetitosas y el tradicional arroz blanco, que siempre está presente en la lista de manjares de oriente. ¡Y los palillos chinos! Los platos estaban preparados con diferentes especias y salsas muy sabrosas. Fue toda una experiencia al paladar.
Como si fuera poco, para cerrar la espléndida noche, luego de cenar, fuimos al centro comunal del poblado. Pasamos una velada inolvidable escuchando grupos de todas las edades cantando y disfrutando de la sencillez de sus vidas.

A las concubinas las enterraban con el emperador cuando este moría, aunque ella estuviesen vivas. Foto: Pamy Rojas
Tumbas y concubinas
Otro día de excursión. Una nueva historia. Otra sorpresa. En las trece tumbas Ming mis hijos conocieron el significado de la palabra concubinas. En estas tumbas edificadas al tope de una montaña se enterraron los restos de los emperadores. Cada tumba conecta con otra, por un camino al que llaman la “ruta sagrada”. Según cuenta la historia, el emperador era enterrado con sus concubinas cuando moría, aunque ellas todavía estuvieran vivas. Este dato impresionó a mis hijos, tanto o más que conocer el significado de la palabra concubina. La nueva palabra nos acompañó el resto del viaje porque trajo con ella incontables preguntas.

La construcción de la Gran Muralla China duró casi 1,000 años. Foto: Pamy Rojas
El cementerio más largo del mundo
Al pisar la Gran Muralla China se puede sentir la cronología de los años, las décadas y los siglos de perseverancia para levantar una de las maravillas del mundo. Este monumento ancestral, extraordinariamente largo y majestuoso, tiene cuerpos enterrados entre sus sólidas piedras. Fueron tantos los obreros que murieron durante la casi eterna construcción de esta monumental fortificación que enterraron sus restos entre sus muros. Por eso le llaman a la Muralla China el cementerio más largo del mundo. Otro dato difícil de olvidar.

Tai Chi Foto: Pamy Rojas
Rutina de paz
Después de haber tenido el privilegio de caminar por tantos lugares, donde millones de personas también habían recorrido, y donde ha quedado escrita la historia de este antiguo país, fuimos al Templo del Cielo (Temple of Heaven). Llegamos muy temprano en la mañana. El sol, exhibiéndose sin timidez entre los árboles desnudos, nos seducía para que capturáramos su despliegue con el lente de la cámara. Su perfectamente redonda forma destellaba un voluptuoso anaranjado que se asomaba por las ramas; las que parecían querer detener su ascenso. ¡Una foto de postal!
Los patios del templo eran una fantasía. Seres humanos de todas las edades haciendo tai chi, otros tocando diferentes instrumentos, cantando o jugando… viviendo una mañana sencilla y mágica a la vez. Una afable anciana invitó a mis hijos a jugar con ella y los dos estaban encantados. El Templo de Cielo es un complejo de varias pagodas y edificios que fueron utilizadas por el emperador para llevar a cabo diferentes ceremonias orientales, entre ellas la anticipación a una buena cosecha. Nosotros por lo menos nos llevamos un pedacito de paz de este apacible lugar.

Árboles milenarios engalanan el paisaje del Templo del Cielo. Foto: Pamy Rojas
Pintorescos y estrechos callejones
Dejamos atrás el casi cielo y nos adentramos al barrio de los Hutongs. Quien padezca de claustrofobia debe pensarlo bien antes de recorrer estos ancestrales vecindarios de Beijing. Los miles de callejones que forman incontables pasadizos son tan estrechos que ni los carros pueden pasar. Una pintoresca manera de transportarse a través de estos angostos pasillos es por medio de una carreta halada por una bicicleta. En el carretón se montan dos personas y un hombre en bicicleta es quien lleva “la canasta” a su destino. De más esté decir que para mis hijos este recorrido fue mejor que una montaña rusa. Paseamos por las callejuelas de este antiguo vecindario que contrasta irremediablemente con los modernos edificios de un flamante Beijing, pero que todavía preserva su tradicional encanto y además alberga a miles de familias.
Cada día de nuestro viaje por el otro lado del mundo nos quitaba el aliento de la emoción. Los monumentos, la gente, las sensaciones, la comida, los colores, las formas y la sencillez de su vida. Pero más que nada, el hecho de que mis hijos, en su adolescencia, pudieran exponerse a una cultura tan diferente a la nuestra, fortaleció en ellos el respeto a otras personas, independientemente de su cultura o creencias; y todo se logró dentro de una caja de sorpresas… Zài jiàn Zhōng guó (¡Hasta luego China!)<
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Literatura relacionada a la cultura china:Snow Flower and the Secret FanAutora: Lisa See
El chinoAutor: Henning Mankell
Música:
I Ching SymphonyChinese Orchestra Album
Lugares de interés:
La Ciudad ImperialGaobeidian VillageLas trece tumbas MingLa Gran Muralla ChinaEl Templo del CieloBarrio de los Hutongs