> Cierro los ojos y las imágenes de las Cataratas Iguazu se desbordan mi mente. El cerebro se me inunda con las magníficas escenas que pude presenciar. He tenido la dicha de vivir momentos casi divinos que me han llevado a experimentar sensaciones surrealistas. Desde lo alto parecían una gigantesca boca de Dragón, que en vez de despedir fuego por la boca, se tragaba el agua a borbotones.

La transformación geológica que dio inicio a las cataratas comenzó hace 150 millones de años.
Ya que el dios Mboi le había obsequiado el don de tan envidiable hermosura a Naipi, éste pretendía que la joven dedicara su vida únicamente a adorarle.
Ya cuando estás más cerca te das cuenta de que es un inmenso abismo, donde el final te seduce con su indescifrable belleza. Una inmensidad que te invita a hacer volar tu imaginación al pensarte escapando, con la más completa sensación de libertad, hacia el vacío; para ser recibido allí por las frías nubes espumosas que se levantan bailando al compás del ciclo de la naturaleza. Las Cataratas Iguazu … una experiencia inolvidable.
LEYENDA DE LAS CATARATAS IGUAZU
Cuenta la leyenda que los indios Guaraníes, habitantes de las orillas del río Iguazu, hace muchísimos años, creían que un dios en forma de culebra, a quien llamaban Mboi, gobernaba el mundo. Naipi, la hija del jefe de la tribu, era una joven sumamente hermosa; tan es así que las aguas del río se detenían cuando ella se contemplaba en su reflejo. Ya que el dios Mboi le había obsequiado el don de tan envidiable hermosura a Naipi, éste pretendía que la joven dedicara su vida únicamente a adorarle. Un joven guerrero, llamado Taroba, vivía enamorado de Naipe y decidió escaparse con ella.

Alrededor de 10 millones de litros de agua fluyen por las Cataratas Iguazu cada segundo.
En su pequeña canoa, Taroba y Naipi, partieron río abajo; hasta que el dios Mboi los descubrió y en su furia penetró las entrañas de la tierra. Rasgó el suelo de tal manera, que la enorme herida se convirtió en una gigantesca catarata; por donde los fugitivos cayeron hasta desaparecer en el vacío. Naipi fue transformada entonces en uno de los saltos más grande y más hermoso de las Cataratas Iguazu y Taroba yace a su lado, en el borde del abismo, como una enorme palma. Uno al lado del otro, sin poder tocarse, sin poder hablarse, sólo amándose desde su cercana distancia. Justo debajo de la palma se encuentra una gruta, por donde el dios Mboi vela a las dos víctimas, para que no se unan jamás.
De esta manera, según la leyenda de los guaraníes, se formaron por el cauce del río Iguazu las impresionantes Cataratas Iguazu. El río Iguazu, que significa “agua grande”, es el responsable de la unión entre Brasil y Argentina. Entonces, el río Paraná, que de acuerdo a los indios es el “Padre del Mar”, se encarga de añadir a Paraguay en este punto de encuentro. La triple frontera de Brasil, Argentina y Paraguay, bañada por los ríos Iguazu y Paraná, es uno de los pocos lugares del mundo donde se puede vivir en armonía entre diferentes culturas, lenguajes y grupos étnicos.
PARQUE NACIONAL DE IGUAZU
En el centro de visitantes del Parque Nacional de Iguazu, fundado en 1939 y el primero en América Latina, existe un monumento en honor a los indios que lee: “Los guaraníes o pueblo guerrero, tejieron la historia de las etapas de convivencia armónica entre el hombre y la selva”. Estos indios vivían en completa armonía con el ambiente, cuidando de su entorno, respetando todo ser viviente y venerando esa energía que les regalaba la vida. Tan es así, que no son sólo lo ríos los que unen a estos pueblos, sino también son los valores arraigados de una tribu que se han difundido hacia ciudades y países enteros.
El Parque Nacional de Iguazu, el cual el cual alberga estas majestuosas Cataratas Iguazu, comprende desde el sur del estado de Paraná en Brasil hasta la región de Misiones en Argentina.
La transformación geológica que dio inicio a estas Cataratas Iguazu comenzó hace 150 millones de años. Esta alteración en el globo terráqueo creó un gigantesco cañón por donde fluyen solemnemente las aguas del río Iguazu. El Parque Nacional de Iguazu, el cual el cual alberga estas majestuosas Cataratas Iguazu, comprende desde el sur del estado de Paraná en Brasil hasta la región de Misiones en Argentina. Son cinco mil hectáreas, de una protegida reserva forestal, que refugia a las imponentes cataratas.
Esta reserva es la concentración más grande de bosque semi tropical que queda en el sur Brasil. Alberga un sinnúmero de especies tales como: cotorras, tucanes, panteras, pumas, jaguares, cocodrilos, venados y la mascota por excelencia de esta área, el travieso coati. Tanto en el lado de Brasil, como en el de Argentina habitan estas exóticas especies, además crecen infinidad de ejemplares de vegetación selvática; desde el árbol Palo de Rosa hasta variados grupos del tan conocido helecho. Ambos lugares son espectaculares, pero a su vez son dos perspectivas completamente diferentes.
IGUAZU EN ARGENTINA
Por el lado de Argentina es una experiencia sumamente emocionante y con altos niveles adrenalina. El viaje en lancha, hasta el corazón de las cataratas, es un momento de agitación y júbilo a la misma vez. El estruendo de la gigantesca caída de agua que fluye precipitadamente muy cerca de la lancha despierta un sentimiento de vulnerabilidad y a la misma vez de éxtasis con tan indescriptible experiencia.

Las Cataratas Iguazu están formadas por 275 cascadas diferentes.
El pensar que ese incontrolable torrente de agua está a sólo centímetros de tu cuerpo, empapándote con su magia, te hace sentir más cerca del cielo. Entonces la adrenalina comienza a subir, al verte cada vez más adentro de la catarata y más cerca de su estruendo. Pero por alguna razón, el miedo brilla por su ausencia, logrando así purificar todas tus emociones; al rociarlas con la exaltación del momento. Luego, el caminar por los puentes, que cruzan los 275 saltos de agua, crece el deseo de venerar la naturaleza y sus incontables maravillas.
Estar en el tope de la catarata, y observar cómo a tus pies sucumben, con furia al vacío, poderosos torrentes de agua, logra despertar en ti el respeto hacia la fragilidad de la vida misma.
IGUAZU EN BRASIL
El lado de Brasil regala mucha paz y armonía. Es como un recorrido hasta el paraíso, hacia el interior del ser. Ver el escenario de las cataratas ante tus ojos, con su inmensa belleza y su semejanza a lo que, en la imaginación, sería el edén, podría marcar tu vida para siempre. El largo y entretenido camino te lleva a la catarata más impresionante y poderosa de todas, la Garganta del Diablo; que cuenta con 270 pies de alto. En el trayecto caminas por senderos, ya marcados, que te adentran a las entrañas del bosque y logras observar la naturaleza en su máxima expresión: desde el majestuoso cóndor que planea sobre las imponentes cataratas, hasta el inquieto coati buscando hacer una travesura en tu mochila.
Para llegar a la Garganta del Diablo hay que pasar un puente anclado en la misma corriente del río. Lo que ves, antes de cruzar el largo puente, es tan majestuoso que ni piensas dónde estás parado. Una vez llegas al final te encuentras con el principio; con el comienzo de tu vida, con un espectáculo para tus sentidos nunca antes experimentado.
La vista se deleita con el verdor de la naturaleza, el blanco de la espuma del agua y los múltiples arcoiris que aparecen ante tus ojos. La piel absorbe el frío del agua y la energía del viento; haciendo que te estremezcas de emoción. El olor a tierra mojada, a lluvia que sube del río en vez de caer del cielo y el aroma de la vida, se impregnan en tu ser.
El fragor del torrente de la catarata, al abrazarse en armonía con el río, que fluye por y en contra de la corriente a la misma vez, unido al silencio de las nubes, permite disfrutar de una melodía casi celestial. Con el sabor de las gotas de agua, que se han depositado en tus labios, logras tragarte un poco de la esencia de ese paraíso terrenal; que te ha seducido con tan sólo visitarlo. <