> Bon bini a Aruba, como ta boi? (Bienvenido cómo está usted?) fueron las primeras palabras que escuchamos cuando llegamos al aeropuerto de Queen beatriz. Saludo que recibimos en su idioma papiamento, mezcla de inglés, portugués, holandés y español. Los simpáticos rostros transmitían lo placentera que sería nuestra estadía en la pequeña Isla.
La iluminación de la noche resaltaba la belleza arquitectónica holandesa del pueblo de Oranjestad. A pesar del movimiento en el área hotelera por la actividad en los casinos y discotecas, el orden y la cordialidad perneaban en el ambiente.
Ya en el hotel Honesta, conocimos al joven Castro Pérez quien estaría a cargo de mantenernos ocupados durante el fin de semana. Justo a la entrada del hotel observamos un canal que pasa por el lobby y nuestro amigo Castro nos explicó que, como atractivo adicional, cuentan con un bote que lleva a los huéspedes desde el canal directamente a una islita con playa privada.
Utilizaban los cactus para los techos; con la madera del centro preparaban la estructura y con la pulpa hacían una mezcla como adobe.
A la mañana siguiente fuimos con Castro a desayunar en un lugar muy pintoresco donde los pajaritos también se alimentaban con las migas que recogían en su revoloteo. Aquí se unió a nosotros el arqueólogo holandés, Egbert Boestra. El nos enseñaría que además de las millas de hermosas playas blancas y el radiante sol, Aruba encierra unas maravillas ecológicas que él ha venido descubriendo durante 25 años residiendo en ella.
Descubriendo a Aruba
Durante este primer día de aventura, mientras íbamos en la camioneta, aprendimos con nuestro amigo Egbert que la Isla está compuesta mayormente de tres formaciones de rocas milenarias: “Diorite”, formada por los movimientos de la tierra; “Basalt”, un tipo de piedra volcánica; y “Limestone”, compuesta de fósiles de corales. Cada formación rocosa contiene diferente vegetación haciendo que el paisaje posea una preciosa variedad de contrastes.
Nos comenta Egbert que ya las especies de pájaros, lagartos, iguanas, burros salvajes, y una variedad de serpiente cascabel se encuentra en peligro de extinción.
Llegamos en la camioneta hasta donde el camino pedregoso lo permitía y continuamos a pie para poder llegar al área donde vivían las comunidades de sus ancestros. A estas comunidades les llamaban los “cunucus”. Pudimos ver una de las viviendas que pudo ser restaurada con los materiales originales, gracias a los conocimientos de algunos de los descendientes. Utilizaban los cactus para los techos; con la madera del centro preparaban la estructura y con la pulpa hacían una mezcla como adobe. Comprobamos una vez más que no importan las condiciones, la Madre Naturaleza siempre provee lo necesario para la sobrevivencia de sus criaturas.
Hicimos un alto para descansar y refrescarnos del ardiente sol con un delicioso té que Egbert había preparado para nosotros, con limones frescos de su jardín. “En este lugar – comentaba el arqueólogo – existió una mina, hace cientos de años, que no rindió los beneficios esperados ya que la cantidad de oro era mínima”. En los pedacitos de piedra podíamos ver cómo brillaban unos destellos de diminutas partículas de oro.
Al continuar nuestra expedición podíamos observar cómo los cactus también eran utilizados como verjas que además de marcar cada predio se terreno servía para protección. Por todos los lugares aparecían las cabritas salvajes que son parte de la historia de Aruba.
De regreso de nuestra primera exploración nos detuvimos en Brisas del Mar, un restaurante donde además de saborear el pescado fresco y los toques de la comida típica de la Isla, disfrutamos de la compañía y las atenciones de su amable propietaria.
Luego del corto descanso, al continuar nuestra ruta, pudimos palpar las variantes en la vegetación de acuerdo a la intensidad del viento, en algunas partes es abundante y en otras recuerdan las áreas del desierto. Nos comenta Egbert que ya las especies de pájaros, lagartos, iguanas, burros salvajes, y una variedad de serpiente cascabel se encuentra en peligro de extinción.
Conservación
Tratando de preservar estos lugares, se han unido en un gran esfuerzo: una comisión del gobierno local, el departamento de agricultura y grupos no pertenecientes al gobierno para desarrollar un Parque Nacional. En este parque se le permitirá al turista poder apreciar esta impresionante variedad que la naturaleza les regala a los habitantes de este pequeño paraíso. Pretenden dejar unas áreas como santuarios para conservar aquellas plantas y animales que se encuentran en peligro de extinción. En medio de todo esto escuchábamos el canto de los pájaros, que combinado con los diferentes sonidos del viento componen unas melodías que podríamos interpretar como un ruego a la conciencia del hombre para que los ayuden a sobrevivir.
Además de preocuparse por la conservación de su fauna y su flora, el pueblo de Aruba cuenta con el dinamismo del joven Castro Pérez quien dirige un proyecto de conservación de los mares y las especies que habitan en sus aguas. Esto les permite a los amantes del mar disfrutar tanto de las bellezas naturales como de las diferentes actividades acuáticas.
En combinación con sus bellezas naturales, Aruba cuenta con detalles adicionales para hacer las estadías muy placenteras. Ejemplo de esto fue nuestra cena en el elegante restaurante Chez Matilde. El ambiente acogedor, el esmerado servicio y la excelencia de su menú francés hicieron de esa noche una muy especial.
Tomamos el vuelo de regreso recordando tantas experiencias interesantes vividas en “Aruba chikito, dushi terra” (Aruba pequeña, tierra querida). <